El final del verano

Los finales de verano tienen aquel halo místico de un momento mágico que se esfuma. El verano, trae consigo una serie de rituales que nacen y mueren con él, como aquella dulce melodía del tocadiscos agotando los últimos compases en su aguja como un equilibrista.

El verano nos postraba una lengua cálida en las calles, que exprimíamos hasta el infinito. Las noches de partidos interminables en la plazoleta, la sangre en las rodillas, el olor a cal en aquellas cuatro calles de Almería mientras jugábamos al escondite, los últimos coletazos de las siestas con La Vuelta, los mordiscos a los helados de hielo…todo ello sin un reloj en la muñeca, sin un mañana del que preocuparse. Tus amigos estarían ahí al día siguiente.

Y en esa malabarística danza, jugábamos a estrujar los días del calendario en nuestra mente, sabiendo que volveríamos a la lluvia, a las mochilas al hombro y al recuerdo de aquellos días.

Empacamos el salitre, los conciertos, las miradas, los besos, la arena, la brisa y el sudor de nuestros cuerpos en un altillo de nuestra memoria. Lo suficientemente bajo para recordarlo los primeros días de anécdotas en clase, lo suficientemente alto para no volver a rozarlos por mucho ahínco que hagan nuestra yemas de los dedos.

Recordamos el no hacer, como si nuestros cuerpos o nuestras mentes se hubiesen detenido en aquel solsticio, como si nuestros pasos se hubiesen perdido entre aquellos rayos de sol. Nada más lejos de la realidad, el verano nos trae cada año un nuevo proyecto por crear, un libro que leer y un propósito por cumplir.

El verano tiene esa magia de dejarnos el cuerpo caliente y el bañador húmedo. Una piel que cambia, que muta y se transforma. Se oscurece o se enrojece, mientras nuestra prenda permanece aún con los últimos resquicios de aquel baño sanador. Como si fuésemos dos personas al mismo tiempo, dos identidades coexistiendo en un mismo cuerpo, en un mismo ciclo.

Quizás porque me hago mayor, los veranos ya no se viven con la misma intensidad que antes, pero no puedo negar que si los buscas siguen teniendo ese pequeño resquicio de sabiduría mágica, de como los amores de verano, ocurren, te transforman, pero no puedes adherirte a ellos ni en el tiempo ni en la distancia… simplemente pasan, simplemente suceden.

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