Graciela

Graciela

Eran poco más de la 1 de la madrugada y en aquel viejo antro de La Habana sonaban una y otra vez las canciones de Compay, como si de un vinilo rayado se tratase cada noche en aquella tasca parecía repetirse la misma escena.

Y allí estaba Graciela, cuyos ojos negros se tornaban vidriosos al final de la barra, una barra que servía de barrera y cárcel, como si el día de la marmota se hubiese instalado de manera certera y absoluta en su vida.

Graciela tenía un continente caliente como corazón, una mujer de aquellas que solo se conocen una vez en la vida, de las que matan a quemarropa. Sería capaz de despellejar tu corazón con una sola mirada sin posibilidad de réplica ni mucho menos súplica…

Recuerdo que llegué entre canción y canción a aquel lugar y mis pasos se oyeron tenues aunque suficientes para que Graciela levantara su mirada y clavara sus ojos en mí.

Pedí una copa y me senté en la barra, mientras observaba como un par de parejas bailaban en la pista de baile con aquella alegría que otorga La Habana, esa que hace que el mundo pueda detenerse todo el tiempo que ellos quieran. No sé si es una forma de vida, o una bucólica oda a la nostalgia, y es seguramente esa nostalgia y esa búsqueda por las cosas que parecen perdidas lo que consigue llevarnos sin riendas… allá donde el corazón es el único patrón abordo.

La madrugada continuaba al son de guajiras, salsas y viejas trovas locales mientras el ron seguía regando mi sangre y Graciela me abría su alma en canal, contándome su vida entre aquellos ojos vidriosos que se mezclaban con los colores de los neones de aquel bar.

Y de nuevo allí, volví a imaginarme cómo sería mi vida en Cuba. ¿Podría apaciguar mi alma allí donde el reloj corría más despacio que mi propio corazón? ¿sería aquel continente la brújula que perdí hace tanto tiempo?

Y mientras soñaba un futuro en aquel exótico limbo, noté como Graciela me tomó la mano, invitándome a bailar, o quizás invitándome a seguir soñando despierto. Apretó su cuerpo frente al mío y noté como la vida giraba como un péndulo, como si no hubiera más presente ni futuro que aquel son de sus caderas…

Terminamos el baile y Graciela besó mis labios fuertemente, esbozó su mejor sonrisa y me dijo ‘espero que la vida te depare un lindo sendero viajero de ojos tristes’.

Mis pasos se despidieron tenues, lo mismo que entraron, pero el sabor a ron de mis labios me hicieron recordar durante varios días al sabor de la vida auténtica, al sabor de momentos que se quedan en ti para siempre…

Por un momento recordé a Pau Donés y aquel beso de la flaca…sonreí en un guiño cómplice mirando al cielo y entendí que hay historias de gente tan maravillosa que merecen versos, canciones… y más besos.

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