Los abuelos

Los abuelos tienen esa textura mágica que convierten nuestra vida en algo muchísimo más placentero. Tienen ese poder cósmico e invisible de hacer que este sendero merezca la pena, con sus manos arrugadas y la palabra tranquila del que se sabe conocedor del ahínco que el joven pretende descubrir.

Seres de luz, son la máxima exponencia del amor de unos padres, como si fuese una versión mejorada, una vida con el doble de años para dar amor, cariño y ternura.

Y en ese sendero áspero que es la vida, encontrar esa comprensión necesaria, el secreto cómplice que no contarías a tus padres, el consentimiento puro, el entregar todo sin esperar nada a cambio…

Porque cuando eres niño, tienes un segundo hogar. Una segunda casa donde las heridas también se curan y siguen doliendo muchísimo menos que ahí fuera. Porque el olor a café no cesa, ni las sobremesas tampoco… el plato preferido del domingo se comía en casa de los abuelos, la primera paga, el primer encubrimiento a cualquier fechoría infantil, la primera tirita…

La casa de los abuelos se convirtió en aquel remanso de paz donde el tiempo parecía no pasar, donde querías quedarte para siempre, donde la infalible sintonía de Radio Nacional de España y el olor a churros despertaban las vísperas de juegos de parque.

En aquella casa aprendí a hacer los recados, los puros del abuelo, el desavío del almuerzo. Aprendí a ser cocinero, telefonista, técnico de televisión, jardinero o amo de casa. Crecí, en cuerpo y alma a través de esas viejas paredes sin darme cuenta.

Los abuelos nos hacen, nos ayudan a encontrar esa parte dormida del alma que nos hace ver que todo merece la pena. Y aunque evidentemente, ahora sin ellos todo sea un lugar peor, sus enseñanzas, su bondad, el hacerles reír o lo tantísimo que me enseñaron hacen que hoy por hoy, pueda ser quien soy, un poquito de ellos…y con eso me sobra.

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